Empecemos conociendo la disfagia…

La deglución es una función básica, de las más primitivas presentes en los animales y es fundamental para la nutrición y asegurar así la supervivencia de las especies. La relación del ser humano con la alimentación ha evolucionado y de ser una forma de subsistencia, se convierte hoy día en una forma de definir cultura, en un punto de encuentro socio-familiar y hasta profesional.

Cuando una persona presenta un problema de alimentación, su recuperación depende de muchos factores, de una atención profesional especializada, de su estado emocional y de su situación cognitiva. Este trastorno va a afectar y a condicionar la dinámica personal, familiar y social del individuo que lo padece.

La disfagia es la alteración en el proceso de la deglución, se define como una “sensación de dificultad en el avance de la comida desde la boca al estómago”, debida a múltiples procesos patológicos que pueden causar daño tanto estructural, como funcional.

Las personas que la padecen pueden tener alterada la eficacia de la deglución y, por lo tanto, la capacidad para alimentarse e hidratarse de manera correcta, pudiendo padecer   pérdida de peso involuntaria, deshidratación, desnutrición e infecciones pulmonares, ya que aumenta el riesgo de aspiración (entrada de alimento o líquido en la vía aérea).

Tiene importancia no sólo por su frecuencia, sino también por la morbimortalidad que condiciona los costes sanitarios y por la disminución en la calidad de vida.

Según un estudio realizado en 2015 por el Dr. Francisco Luis Sánchez Ceballos, sobre “Epidemiología de la disfagia en la población adulta española”, la prevalencia se sitúa en el 8,3%, no observándose diferencias según hábitat rural o urbano y presentando las mujeres un porcentaje significativamente mayor que los hombres.

Este trastorno aumenta con la edad y raramente se presenta como un problema aislado, sino más bien como un síntoma de muchas entidades.

Pocos son los estudios realizados en la población infantil y en adolescentes. La disfagia en edades tempranas, es bastante más frecuente en recién nacidos pretérmino y en niños con patología neurológica de base. Se relaciona con dificultades en el desarrollo motor o cognitivo. Si estas funciones están alteradas, provocarán problemas estructurales en el niño, como alteraciones en la mordida, problemas en la mandíbula, paladar ojival, entre otros, comprometiendo negativamente su alimentación. En población infantil se han descrito series con un 85% de prevalencia en parálisis cerebral.

La disfagia es tipificada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) dentro de la clasificación de enfermedades con el código: 787.2,R,13. Según este mismo organismo, y debido al aumento de la esperanza de vida y a la disminución de la tasa de fecundidad, la proporción de personas mayores de 60 años está aumentando más rápidamente que cualquier otro grupo de edad y la disfagia es un síntoma habitual entre la población anciana, consecuencia de ciertas situaciones patológicas, como algunas enfermedades neurodegenerativas o algún tipo de cáncer.

 

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